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sábado, 10 de marzo de 2012

MAGIA, SENSIBILIDAD

Aquí, tan lejos,
en este abrigo entre las rocas,
aquí, viviendo solo;
aquí, donde nadie puede verme
pensaré en cosas sencillas

Ultimo poema del monje Saigô, el errante.



EXUBERANCIA DE LA SIMPLICIDAD
Hilario Bravo

Rayuela
Cada idea exige una forma.
Toda forma define su esencia y, todo ello, requiere un soporte preciso.
Es en la búsqueda de estas soluciones donde reside gran parte del esfuerzo artístico.

El hombre, en su pensamiento total, acomete la actividad primordial del espíritu con los elementos básicos, fundamentales y más inmediatos de las formas de represen­tación, es decir, el dibujo, porque éste le ofrece lo que nin­gún otro: pobreza y versatilidad, rigor y poesía, misterio y contundencia.

Es como un grave silencio, el abandono a sí mis­mo, es la reflexión cruda y el furor ante lo inevitable, pues es precisamente en el trazo, en el punteado, en el claroscuro, en el vacío... es en la vorágine del movimiento de sus brazos donde trata de alimentar su insurrección.

Llegada la idea sólo nos resta elegir los materiales, a pesar de que muchas veces son éstos los que determinan el tema. Quizás convenga recordar que no es lo mismo un lá­piz blando que uno duro, de la misma forma que no da igual un papel que otro. De ahí que muchas veces tenga uno la ne­cesidad de plantearse la fabricación de sus propios mate­riales: de su propio papel, de su propio carboncillo, etc., porque todo ello, no cabe duda, se traducirá directamente en el resultado.
Rayuela Eros / Tánatos

Es así, y a pesar de todo, como el dibujo presta la espontaneidad y ese cierto concepto existencial y artístico. Esencialmente es la búsqueda filosófica mediante lo pobre: el instrumento y la superficie en su mínima expresión; el pa­pel se convierte de esta forma (locura del plano, delirio del contorno) en la transposición conceptual del interior de nuestro cerebro, del campo en el cual juegan nuestras más íntimas emociones.

Pero, no contento con este plano, se hurga en él co­mo buscando esa imagen latente que supone la conclusión de nuestro pensamiento: se araña, se agujerea, se busca el espacio al otro lado del plano, apenas conscientes de que es­tamos horadando nuestra propia piel, de que estamos reali­zando nuestra propia traqueotomía. Asimismo se recogen los objetos de nuestro entorno para estamparlos, pegarlos, darles su pleno significado en el plano escogido: de una par­te se atrae a la superficie lo del otro lado; por otra, se empuja a lo que tenemos detrás –o nuestro alrededor—, conjuntándose todo ello en ese sutil espacio que llamamos superficie.

Haya una luz clara, 1986 (Versión frontal)
Maqueta de instalación


MAGIA, SENSIBILIDAD
Hilario Bravo  

Mujer y pez
Siempre he sentido la necesidad de ejercer la pintura como un ensayo de actitudes frente al universo, como una cosmogonía siempre repetida, siempre nueva.
Ahora bien, si entendemos el arte como una reflexión interior que tiene que ver con la antropología, la filosofía, la poesía, la religión, etc. en el sentido más amplio de sus signi­ficaciones, estamos borrando de un plumazo mucho de la demagogia que en sí mismo lleva implícito el ejercicio del ar­te para darle una dimensión contradictoriamente más amplia, más humana, pues ello ya sólo tiene que ver con la comunicación de uno mismo frente a sí: su yo / dios.
En ese sentido trabaja el curandero africano cuando, sobre una plancha especial de madera, escribe –con una tinta hecha a base de una fórmula secreta de hierbas— una frase religiosa alusiva a los males del enfermo y como petición de gracia. Una vez realizada esto, se lava la plancha, pues el líquido resultante es una pócima que hará sanar de sus males al peticionario.
También en ese sentido trabaja el artista, con una acti­tud mágica, imbuida de religiosidad, como lo era la del pri­mer hombre que construyó un cromlech como respuesta al ciclo vital, al vacío...
Por ello, es sólo capaz de crear aquel –socialmente ar­tista o no— que tras las reflexiones sobre el problema, sobre la angustia planteada, trata de dar sus propias respuestas. No caben escuelas, ni oficio, sólo el hombre ante su refle­xión existencial, pues es ella la que da la respuesta sobre los materiales y las formas más apropiadas. Magia, sensibili­dad.

               Cáceres, Catálogo El Brocense. Cáceres, 1986


Haya una luz clara, 1986 (Versión contraluz)
Maqueta de instalación


EL EJERCICIO DEL ARTE
Hilario Bravo

Mujeres
Cuando uno desea realizar un trabajo de creación aparecen la nostalgia del pasado, la nostalgia del mañana y lo que interesa en ese momento es el camino que la razón ha de tomar para no perderse en las espirales de la duda enmascarada por la resolución.
Al principio, un silencio. Gruesas gotas. Calor y humedad. Luego, la pintura. Pintura como materia tibia. Sugerencias atrevidas que la mente anexiona al corazón, en parte por definición que se engaña a sí misma, tal vez por historia, tal vez por inercia y, en parte, por el misterio de la propia materia.
Cuando el pincel se arrastra sobre el soporte descargando prejuicios tiembla el pulso, hormiguea la espalda, araña el subconsciente y desgarra la médula trastocando las órdenes del cerebro, expulsa silencios sintiendo cómo a cada pincelada va naciendo el ser, escuchando sus palpitaciones mientras se desea que esa creación sea absoluta o al menos, capaz de enfrentarse a su propia vida, sin mutilaciones o deformaciones del pensamiento. Parece que al primer hálito se fuera a ahogar y uno vuelve a darle aliento y todo se enardece hasta que uno nota cómo ese débil aliento del principio se vuelve firme y toma cuerpo e inmediatamente se vale por sí misma hasta relegarnos al simple plano de observador.
Semillas

Ya tiene vida y los trazos, los gestos, miran con desaire a su creador.
Sugerencias de un arte inaprensible, casi sin imágenes, un arte impuro como el deseo, vital... lleno de imágenes doloridas y salvajes toda vez que pertenecen a lo desconocido, pero que están presentes como las manchas que se fijan en la mente.
En el silencio de su noche, el artista rasga la piel nórdica de un papel aún sin revelar para repetir una y otra vez la imagen de una raspa de sardina sobre la ardiente arena del desierto como símbolo –imagen terrible— de un deseo insatisfecho, un recuerdo perdido, un cruce de destinos, un nudo eterno.
La vida de la creación, como la del filósofo y lejos de la tan cacareada torre de marfil, se reduce a la del sentir en el interior de un tonel –dolmen / útero— los inaudibles recorridos de la luz que se filtra por las rendijas de la consciencia, de la mente y del conocimiento en su más enérgica expresión.



Mujer y máscara, 1985



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