Mis visitas

miércoles, 7 de marzo de 2012

OPVS LVCIS, V

UNA MIRADA QUE QUIERE SER VISIÓN
Carmen Pallarés


Santa Lucía del Trampal,
sede de la Opvs Lvcis, Dic. 1996

Una mirada que quiere ser visión. Según mi raíz de poeta, yo ya he cumplido mi labor en este catálogo: con la frase anterior, ya que entre los dones de la poesía, el de la síntesis es uno de los más acusados. Una síntesis, claro está, que participe de lo insospechado del calado y el filtro casi inme­diatos tanto como del acierto definitorio de los elementos que la componen.
Es inevitablemente sencillo que yo me relacione como poeta con la obra de Hilario Bravo, y más con estos cuadros de su OPVS LVCIS. Difícil me resultaría verme obligada a hacerlo mediante el des­pliegue crítico. Afortunadamente, porque puedo hacerlo a través de la poesía es por lo que ha sido requerida mi firma en esta ocasión. Me veo liberada del análisis, que precisa de la cosecha de la obser­vación, para centrarme en los frutos que favorece la contemplación.
Les confiaré pues cosas que no escribiría en un catálogo de pintura si ahora mi labor tuviera que seguir respondiendo a los parámetros de un critico, menester que habría de incluir un repaso de bases históricas, teológicas e iconológicas, una exposición en torno a la simbología en general y a los sím­bolos concretos que Hilario Bravo emplea, unas comparaciones pertinentes de estilos, lenguajes y resultados estéticos, un aventuramiento lo más aquilatado posible de propósitos e intenciones del artista, y un juicio o valoración final. Pero la razón de mi firma en estas páginas se justifica hoy por otros aires, otros espacios creadores y otra libertad.
Vista de
Santa Lucía del Trampal
En la disposición de mi biblioteca, hay apartados cuyas agrupaciones no responden a un sistema de clasificación «decente», sino a asociaciones personales, a veces muy claras dentro de mis intere­ses y usos y, a veces, un poquito neblinosas. Cuando pasa el tiempo, me cuesta en ocasiones recordar a primera vista porqué tal libro, tal catálogo, tal recorte o tal publicación periódica está ahí, pero no suelo intervenir. En «la pared de los catálogos», he hallado el OPVS LVCIS, de Hilario Bravo, en compañía de repertorios de Julius Bissier, Julián Casado, James Turrel, Águeda de la Pisa, Robert Ryman, Ana Crespo, Lanzillotta, Ana Peters, Mompó, Rothko, Morandi y Agnes Martin. Y paro aquí.
La razón es la misma por la cual, si de discos hablamos, la música que cantan anónimas mujeres iraquíes aparece rozándose con Alexandre Scriabin y Samuel Barber. Son estilos diferentes, procedi­mientos dispares, tiempos, países, ambientes distintos, lenguajes creadores alejados e, incluso, propó­sitos opuestos. Pero tienen algo en común, para mis efectos: su repercusión intelectual y emocional en mí. Algunas de sus obras y de sus épocas creadoras, me conducen al KAIRÓS griego, al momen­to feliz, al instante pleno, al intemporal segundo de gracia; a esa respuesta sin palabras ante imágenes que nada parecen requerirnos y que nos sumergen en la contemplación, ese afloramiento de la luz que hay al fondo de la inteligencia, ese desplazamiento lentísimo, como una aspiración a la verdad, esa actualización maravillosa de una de las definiciones de la Estética más hermosa que recuerdo: «El arte de pensar bellamente».
Sacristía del Monasterio de Yuste,
sede de la Opvs Lvcis, Ene. 1997
Así pues, estas obras de Hilario Bravo son para mí parte de una familia creadora de la cual no dudo. Encuentro entre sus miembros serenidad, silencio, ausencia de irrelevantes precisiones auto­biográficas, concentración espiritual, intención y deseo de «dar a ver» realidades intangibles, rigor y transparencia, y quizá comunidad de convicción en que todo progreso verdadero -¿quién lo dijo?-tiene mucho que ver con un retorno al hogar.

Cripta de Santa Eulalia,
sede de la Opvs Lvcis, Nov. 1997

Si gozan ustedes todavía de una memoria amplia y precisa, o si conservan los mismos catálogos que yo, quizás estén de acuerdo con mis asociaciones hermanadoras. Unas muestras tan sólo. Nítida para mí la semejanza ambiental y la evocación que provocan obras como las de «Eikon», o «Teoría hacia la luz», de Julián Casado, y las llevadas a cabo por James Turrel con luces cenitales fluores­centes y con luz solar filtrada, realizadas para Varese y para el Withney; fantástica la repercusión espi­ritual de la «Doble cruz del hombre», de Águeda de la Pisa, por citar sólo uno de sus cuadros, y óleos como varios de la serie de Lanzillota «Campo d'angeli»; igualmente entre cuanto conozco de Ana Peters y las más grandes «Surface veil», de Ryman; exactamente lo mismo en cuanto a las exquisitas maravillas que son las aguadas y tintas de Bissier y el concentrado y calmo aliento de Morandi... y muchas de estas obras de Bravo, que nos remiten a ámbitos enigmáticos, calificativo que puede lle­varnos únicamente a lo desconocido, o a «reconocer» lo incognoscible.
Y finalizaré como debo, con un poema; el primero del libro que estoy escribiendo. Tiene mucho que ver con épocas históricas, actitudes, cualidades, talantes y motivos que poco forman parte ya de nuestra substancia «siglo XX». Dice así:



Conventual de San Benito de Alcántara,
sede de la Opvs Lucis, Agosto 1997

El mazo y el cincel,
el nivel y la escuadra,
el compás, el cantero
entregado a la piedra.
A un lado, el sol,
la luna al otro lado
tallan la voluntad.
Y la imagen, y el método
presienten que la obra
despierta, actúa, palpa
leyes que la doctrina
no desvela, una proporción
viva, geométrica
del peso y del volumen de un espíritu
que se mueve en lo quieto,
que contempla, recuerda,
impulsa, toca, abre,
que mide y que transforma,
y construye la lógica
enseñanza
de un sueño.




Catálogo Galería Belarde 20.  Madrid, diciembre de 2000

Cripta de Santa Eulalia,
sede de la Opvs Lvcis, Nov. 1997

1 comentario:

  1. He abierto el correo de mis buenos amigos Boni Sánchez y Beatriz Seguras,padres de la sala CROMA.
    He sentido un escalofrío porque, de la abundante documentación que está colgada en la web, la primera página que yo he leído ha sido ésta. Ésta, precisamente ahora que acabo de terminar la traducción de una antología bilingüe (Sol) en la que trabajo desde hace tres años. Sol, de Michel Seuphor, el poeta de la luz espiritual del conocimiento, el poeta de las constelaciones humanas.
    Ha sido como un fogonazo de recompensa. Esta tarde pensab ir a ver la exposición antes de que termine. Ahora sé que tengo que ir...

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