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miércoles, 29 de febrero de 2012

CENIZAS

 
Escalera y cruces, 1993
89 x 89 cm















HILARIO BRAVO, DESDE LA CENIZA:
RENACER DE LA PINTURA.
Fernando Castro Flórez
El Urogallo, mayo de 1995, y Diario 16, 20 de Febrero de 1995
En la sala de exposicio­nes de la Asamblea de Extremadura en Mérida se presentó una exposi­ción de Hilario Bravo (Cáceres, 1955) en la que recoge su produc­ción de los años noventa. Este pintor ha realizado anteriormente muestras en galerías como Término de Ma­drid, el Colegio Oficial de Arquitec­tos de Cáceres o Ray—Gun de Valen­cia; ha sido incluido en exposiciones colectivas como «Nuevas Experien­cias de Artistas Extremeños» en la Expo 92 de Sevilla en las Salas del Arenal o «Bilder und Crafiken Bas­kischer Künstler», en Weisbaden.
Cercles, 1993
114 x 146 cm
Javier Cano subraya en el catá­logo de la muestra que Bravo «in­siste en la necesidad, en el sentido programático que Kandinsky ex­presó entre 1911 y 1914, que el ar­tista tiene de relacionarse con el entorno para no ser oprimido por la angustia material». Un artista que intenta encontrar en la pintura una posibilidad para sostener, aún, un concepto de naturaleza, que se resiste frente al despliegue impara­ble de la técnica.
En sus comienzos, en los años se­tenta, Hilario Bravo transita por los dominios del performance, con una presencia del cuerpo que sirve como testimonio existencial. Pero es en la década siguiente cuando se aproxima a lo que será su verda­dera «angustia de las influencias», por emplear una expresión de Ha­rold Bloom: el expresionismo ale­mán que él pone en comunicación, de una forma transversal, con la sensualidad de Klimt. El primiti­vismo y el decadentismo se unen en una conciencia lúcida del final, sólo algunos creadores son capaces de continuar cuando se ha llegado al «agotamiento estético».

Olivo / Olvido, 1995
114 x 146 cm
 El romanticismo alemán ya re­clamó, en sus primeros programas, una mitología simbólica que per­mitiera suturar los abismos de la razón, ese certificado de insuficien­cia que es el juicio estético en Kant. El simbolismo no es meramente la certeza sensible, es sobre todo la mostración del gozne hermético, del limite en el que es posible sos­tenerse cuando se tiene arrojo. Hi­lario Bravo llega a ese lugar o tiempo anterior asumiendo la ex­periencia icónica de Malevich o la temperatura plástica de Beuys, pero negándose a participar de lo apocalíptico o la fascinación cha­mánica.

Nombrar lo primordial: la ce­niza, el agua, las flores. Pintar sin nostalgia un jardín, que no es otra cosa que una memoria de lo que no se podrá contemplar jamás. Las presencias de Bravo son más poéti­cas que reales, su fuerza es mayor en la abstracción, en lo inacabado con intensidad superior que en las palabras recogidas en el lienzo. So­ledad y silencio son las divisas de los artistas que, como Beckett co­mentará a Duthuit, pintan «aterra­dos y temblando», intentando esca­par de la banalidad. Es preciso continuar.

Lenguaje angustiado, 1994
130 x 162 cm
 En las imágenes de Hilario Bravo se encuentra un sentido de la tierra especial (fragmentos in­crustados en el lienzo, sin azar), una mezcla de ternura y humildad. Pintura de la pasión y de las semi­llas, comenzada a cada momento, tachada, abandonada, esto es, de­positada en el horizonte de la sere­nidad. Podrían ser paredes en las que han quedado las huellas o los mensajes de alguien que no podía hablar al mundo (o a aquellos que pueden entenderle) de otra manera que esa.
 
Una de las series más hermosas de esta exposición es la que se de­dica a la diosa Diana, a su presen­cia mítica desnuda o mejor vién­dose desnudada en un estanque. Hilario Bravo mantiene lejos la me­moria del agua, lo que resta es un conjunto de miradas, concretadas en toda su dureza: un disparo, atravesando el lienzo como si fuera posible llegar a su otro lado, lo si­niestro. Los signos se duplican, el espejismo queda concretado y de esa manera el cuerpo de la diosa se mantiene invisible. Paisaje en el que se vuelve efímera la utopía del deseo, la pasión reflejada; se borra el cuerpo, arrastrando también el bosque esquemático hasta la man­cha. En vez de agua y muro de nin­fas, una huella que permitiría atra­vesar el río. Fertilidad de lo seco (de nuevo Celan: ceniza raíz de lo cantable), última vibración del lugar donde la identidad se multiplicaba. Hilario Bravo atenúa la luz y, por ello, mantiene la promesa de transparencia presente.

Subida al fuego, 1993
160 x 187 cm










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