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jueves, 16 de mayo de 2013

2015 EL LIBRO DE LAS AGUAS

Hilario Bravo y Julio César Abad
Presentación de El libro de las aguas
en la Sala Pintores de la Diputación de Cáceres.
4 Noviembre 2015

El libro de las aguas
Medida de caja: 25 x 38 cm.
Cartulina Fabria, gris antiguo, 240 gr.
PVP: 200 €


Los poemas que se recogen en esta edición son una selección que tienen en común el tema de las aguas en todas sus vertientes y que pertenecen al poemario que Hilario Bravo ha ido elaborando bajo títulos como "Brindis", "Lamentos", "Amores", "Tormentas", etc.
Así mismo, se recogen dibujos de dos de los muchos cuadernos de apuntes que el autor realizó entre los años 1995-96 con motivo de su trabajo sobre "El jardín simbólico" que pudo desarrollar en la Academia Española de Bellas Artes, de Roma.
Estos dos cuadernos, titulados "Delle nuvole ed acque", constan de cincuenta y ocho dibujos, el primero, y cuarenta y seis, el segundo; si bien, realizados entre los meses de abril a mayo de 1996, en el segundo volumen se advierte que los últimos seis apuntes están fechados en agosto del mismo año, es decir, a la vuelta del artista a España.
La temática que recoge –como su título indica— se refiere a las nubes y las aguas y están inspirados en "Della natura, peso e moto delle acque", el llamado Códice de Leicester. Hilario Bravo recoge el reto de Leonardo da Vinci para elaborar toda esta serie de dibujos en los que refleja las aguas del lago Vico, el río Tíber, la cattena d'acqua de Villa Lante, en Bagnaia, las fuentes de Roma y en especial il Fontanone, vecino de la Accademia, así como toda esa sinfonía de lluvias que es Roma en invierno y primavera.




LLUVIA, MAR Y LLANTO

El agua no para ni de día ni de noche. Si circula por la altura, origina la lluvia y el rocío. Si circula por lo bajo, forma los torrentes y los ríos. El agua sobresale en hacer el bien. Si se le pone un dique, se detiene. Si se le abre camino, discurre por él. He aquí por qué se dice que no lucha. Y sin embargo, nada le iguala en romper lo fuerte y lo duro.
Lao-tsé.

Algunas representaciones, de hace más de dos mil años, ya nos muestran figuras femeninas en las que algunos investigadores han querido ver ritmos acuáticos fluyendo de sus manos y cabellos, por lo que puede decirse que, desde los más lejanos tiempos, no ha habido cultura o religión que no haya prestado al agua una atención simbólica que derive en representaciones de toda índole para significar todas y cualesquiera sean las formas en que ésta se pueda encontrar.
Sus cualidades de transparencia y profundidad dan idea de la comunicación entre lo superficial y lo abisal, puesto que el agua es fons et origo predecesora de toda forma o creación. Entendida como la totalidad de las materias en estado líquido, en la India es elemento mantenedor de la vida que circula a través de toda la naturaleza en forma de lluvia, savia, leche y sangre.


Sus formas y apariencia son versátiles como es el caso de los ríos que, como fuerza creadora de la naturaleza, simbolizan el progresivo riego y, por lo tanto, la fertilidad; y como símbolo del tiempo son el límite entre la vida y la muerte, imagen del transcurrir de la vida y del viaje último. El vapor se presenta como la metamorfosis de la materia y la revivificación y limpieza del cuerpo, de la mente y del espíritu ya que, según los indios de Norteamérica, reúne los poderes purificadores del fuego y del agua. Las nubes son la residencia de los dioses sobre las cuales siempre aparecen porque son la llave del misterio y lo sagrado; y para los orientales son la unión del yin y el yan y, por lo tanto, expresan la paz. Las nieblas, al ser una fusión de agua y aire, representan lo indeterminado, lo irresoluto, la confusión y la duda por lo que pertenecen a la terra incognita del fin del mundo. El rocío, que es agua sutil y pura, tiene el carácter sagrado de todo aquello que se desprende del cielo, y se le adscribe la forma de la iluminación espiritual, ya que anuncia la aurora y el día que se acerca. La lluvia es el elemento comunicador entre la aguas superiores e inferiores.
Esta virtud deriva de su carácter acuático y celeste siendo bendición del cielo y mensajera de vida por lo que siempre ha encarnado el favor y el testimonio de los dioses. Los arroyos, manteniendo las características enunciadas en los ríos, amplían su simbología como fuentes creadoras y corriente de la conciencia. El pozo es símbolo de la aspiración sublime y atributo femenino ya en alegorías del medioevo por ser el don sagrado de la matriz de la Madre Tierra. Se le atribuye el poder de curar y de cumplir deseos y es el lugar donde descubrir las respuestas a los acertijos de la vida, quizás porque uno de los atributos del agua es el de la sabiduría intuitiva. El hielo personifica la esterilidad, el frío y la rigidez, pero cuando se derrite anuncia el retorno de la vida pues es el estrato rígido que separa la conciencia del inconsciente. La nieve siendo blanca y fría, representa la verdad latente y el saber oculto, aún cuando caída sobre la tierra y en su oposición al cielo representa la hierogamia. El mar es considerado como un mediador entre la vida y la muerte, pues de él provenimos y con el morir retornamos a la madre con el "volver al mar".



Siempre en movimiento –Heráclito nos dice que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río—, las aguas son la idea de circulación, cauce y camino irreversible.
Las aguas llueven y ruedan por torrenteras y cañadas de la misma forma que, de nuevo, se evaporan y condensan para volver a llover o, simplemente, manan de los lugares más freáticos del alma para llorar con las tristezas y sudar con los afanes.


Vestido de agua –agua somos y de ella provenimos— el ser humano sublima este elemental estado de la materia en los sentimientos más controvertidos de su íntima esencia: del más sosegado idealismo a los más feroces horrores del espíritu, porque las aguas siempre fueron una de las más maravillosas creaciones de la naturaleza, así como el cuévano de los más horripilantes monstruos.


Aquí puedes consultar el texto de Julio César Abad sobre 

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