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viernes, 16 de marzo de 2012

EL BOSQUE DE DIANA. Modo ritual


Javier Cano

Hilario Bravo
El bosque de Diana, 1991
187 x 160 cm
Posiblemente, mejor que en ningún otro artista, la trayectoria reciente de Hilario Bravo nos ofrece una ocasión única para reflexionar sobre las modificaciones que se han producido en las artes visuales con el cambio de década y que han afectado no sólo al proceso estrictamente creativo, sino a la propia esencia del arte. Con una preparación teórica densa, su producción ha atravesado todas las eventualidades del radicalismo de la vanguardia. Un contexto sin precedentes en el que los artistas han fluctuado entre la comercialización precipitada y el intento contradictorio de establecer un control sobre sus producciones, los lenguajes experimentales y la avalancha de imágenes como posibles mecanismos de ruptura. Dentro de esta confusión, el pintor extremeño ha ido aportando, a lo largo de veinte años, la calma necesaria para enjuiciar un presente delimitado por la dispersión de los valores estéticos.
Nacido en Cáceres, en 1955, Hilario Bravo se formó en el País Vasco dentro del pluralismo de un movimiento tan alejado de la homogeneidad, como fue el arte pop, donde lo cotidiano adquirió otras cualidades diferentes a las iniciales, merced a un proceso de transformación ideológica. A principios de los años setenta, se integró en los círculos conceptuales que se gestaron en la capital donostiarra, coactuando en las Semanas de Experiencias de San Sebastián entre 1974y 1975 o en el "Suceso" de la Plaza de la Trinidad de la misma localidad en 1977. A pesar de todo, pervivieron los repuntes del pop hasta el final de la década siguiente, como indican los dibujos y collages que presentó en el mes de abril de 1987 en la Galería francesa Artem.
Hilario Bravo
Diana, 1989
50 x 50 cm
Sin embargo, previamente, a raíz de su viaje por Europa en 1985, su vocación se fue orientando hacia estructuras más elementales. El impacto de los antiguos grabadores alemanes, desde un punto de vista técnico, suscribieron en su trabajo un fuerte contraste entre los planos, seccionados bruscamente por líneas, paradójicamente imprecisas, y una elección correcta de los soportes. Por otro lado, el conocimiento directo que tuvo del expresionismo continental, encarnado en Die Brücke, le condujo a elaborar una mitología particular sobre las pasiones y rasgos humanos, materializada en signos primordiales, signifi­cativos y distorsionados. Esta exaltación de los contenidos vitales, por encima de cualquier perfección formal; le llevó en hacia 1987 a tener una visión más intuitiva de la realidad. Se distanció del artificio e introdujo su obra en un mundo repleto de connotaciones culturales aferradas a la existencia humana, puestas en entredicho por la idea de la modernidad imperante.
Hilario Bravo
Pasión, 1991
190 x 155 cm
Con posterioridad, cambió su residencia y su estudio, con el traslado a Montánchez, vertebrando su producción en torno a un punto donde se cruzan vivencias, identidad y herencia. Voluntariedad dirigida a examinar los problemas fundamentales del hombre, frenando con un compromiso ético el vacío de contenido que estamos soportando. Alternó sus exposiciones en Cáceres con trabajos de un acabado excelente, como así lo indican "Visiones de un Chamán", "El Cantar de los Cantares" o la estenografía ideada para la obra de Torres Naharro, "LaCalamita", con un anhelo más universal y abierto, característico del momento generacional al que pertenece. Encontró el apoyo suficiente en la Galería Término de Madrid, participando en 1990 en A.R.C.O., con una buena acogida por parte del público y de la crítica.
La cercanía a conceptos y composiciones básicas, con un gran contenido ascético, reforzado por los gestos y los símbolos, le ha ido enriqueciendo paulatinamente en los últimos cuatro años. Sus pinturas son cavilaciones que se mueven entre el ideal y el drama. La aprehensión sensorial está por encima de cualquier tipo de razón, conduciéndole a lo hermético, lo desconocido y, para él, sagrado. Basa sus temas en ideas tan recurrentes como las de la mujer, el amor o la muerte, que plasman de alguna forma el transcurso entre la totalidad y la nada, cuyo claro referente habría que buscar en exposiciones como las llevadas a cabo en 1985 en el Aula dc Cultura de Bilbao o los dibujos y fotografías que mostró en 1986 en la Sala de Arte "El Brocense".
Hilario Bravo
La siesta, 1990
65 x 65 cm
Al margen de estas consideraciones la estética de Hilario Bravo se fue perfilando a tenor de las cualidades físicas y la variación de los materiales, adquiriendo un doble deber, con los soportes y con la realidad. Las obras se convirtieron en un proceso, siguiendo el principio básico del arte póvera, conjugado con una limpieza de ejecución, una representatividad primaria, una fragmentación que solo deja entrever parte de lo que no aparece e incluso con recursos adyacentes corno el graffiti.
La Galería "Ray Gun" de Valencia exhibió en 1991 buena parte de los trabajos que apuntan en esta dirección, completándose con creaciones de gran formato, precedente que se halla en los cuadros de "Pasión" o "Artemisa", presentadas en la Sala del Arenal de Sevilla en el mes de agosto de este año u obras de dimensiones reducidas, auténticamente representativas, como las de "Istar", "Tensión" o "Torso". Hitos que marcan su reencuentro concluyente con la pintura.
Hilario Bravo
Fertilidad, 1992
50 x 50 cm
Matices graves, cuando no monocromos, señales esquemáticas que rompen la figura bien delineada y texturas, que nos recuerdan a la pintura informalista española, estructuran la muestra que Hilario Bravo, "Modo Ritual. El Bosque de Diana" presenta en la Galería Arroyazo. Con esta austeridad procura establecer una atmósfera renovadora, en la que el artista quiere imprimir sus propias señas de identidad. Una visión de la vida y del arte que puede calificarse de "desajuste", pesimista en muchos momentos y radical al proponernos un lado no demasiado afable de la realidad, aunque su lectura inicial sea la contraria. La producción de imágenes como el potencial elocuente fundamental, las calidades fijadas en una economía de medios y los matices dibujados por la línea conforman esos códigos pictóricos de procedencia diversa. Se agolpan raspados, agresiones al soporte, cúmulo de materiales, expresionismos nada refinados... determinando agrupaciones antinómicas en lienzos de pequeñas medidas y diseños sorprendentes.
La recuperación de la línea otorga un conocimiento de la historia y la cultura y reconstruye un espacio olvidado que se atiene al significado de dichas imágenes. La confrontación entre figuras simplificadas y fondos neutros esboza, en su conjunto, una capacidad comunicativa insospechada, sojuzgada tanto a la interpretación del artista como a la del espectador, ejerciendo de auténtico ideograma. Este material gráfico, dispuesto de manera aleatoria sobre la tela, plantea el serio problema de la configuración del signo y el juego de repercusiones o analogías psíquicas que ello desencadena. Hilario Bravo va más allá de las consecuencias concretas e inmediatas de los enunciados por las propias imágenes. Establece una dialéctica que yuxtapone lo manifiesto y lo encubierto, lo trivial y lo sagrado, el testimonio y la subjetividad y lo consciente y lo inconsciente. Los símbolos se convierten en un dispositivo cognitivo. En una señal que articula la confección del ritual y de la vida social, sirviendo, a la par de indicio que nos haga interpretar el contexto de la mujer en el mundo actual. Para ello sitúa al individuo arrostrado a comportamientos existenciales que le desbordan.
Este estado fronterizo sobrepasa con creces los intentos de satisfacer la curiosidad de un modo empírico, dirigiendo su arte hacia lo "sagrado". La mujer es vista por el artista como un modelo cultural de identificación, que proyecta los conflictos inconscientes, poniendo en duda la propia feminidad. Frente a la pauta ideal, coloca un universo masculino lleno de miedo y sentimientos hostiles, donde el ritmo es una respuesta a esa incertidumbre y angustia, que ayudado por un compromiso interno, atenúa y controla el propio desorden. Como trasfondo, aparecen en ese bosque ficticio de Diana los ecos del concepto pintoresco, latiendo siempre el sentimiento de un paisaje nada fehaciente. La naturaleza "artificial", que ha recreado nuestra sociedad, persiste y se debate en su pintura con la ilusión del hombre contemporáneo, quien recurre irónicamente al culto de la Naturaleza. Al profundizar en estos resortes, contrapone el "precepto" estético a la abstracción, ganando en los aspectos formales levedad y hondura cuando establece unas relaciones que le acercan al enigma.
Hilario Bravo
Arco Iris, 1992
98 x 71 cm

La manera de materializar toda esta "creatividad primaria", compleja por la maraña de vínculos recíprocos que se dan en sus cuadros, se plasma en motivos extraídos del equilibrio o del desequilibrio entre el entorno y la cultura, depurados mediante un proceso de síntesis. Como ejercicio de reflexión sobre el propio oficio, Hilario Bravo despliega cuestiones particulares, tendiendo a generalizarlas. El contacto del hombre con el medio circundante se ha ido perdiendo y con él han desaparecido las connotaciones simbólicas. La inexistencia de un sentido unitario del mundo, que tiene algo de vacío, se contrarresta con una posición supuestamente hedonista, que desembocaría en la pasión, única réplica que el artista tiene ante lo sagrado. Las obras se convertirían en un asunto colectivo. En el cuadro triangular "Ofrenda" y en "Copa 1 y II", el cáliz, como máximo exponente del principio femenino y con un gran contenido litúrgico, aportaría la energía activa del sexo en su papel inductor del éxtasis, asociándolo a la escalera y a la pluma, alegorías conectadas con Venus y Diana, con el flujo comunicativo entre la virtud y el pecado. Se asentaría así la idea de "posibilidad", encarnada en las semillas.
Por otro lado, en los titulados de modo emblemático "Escalera", "Cáliz" o "Femenino", el punteado, los agujeros o el bosque genérico, que da nombre a la exposición, conformarían el símbolo oscuro del origen y se asociarían a la cruz y al río, como una apelación inútil al transcurso de la vida y del tiempo. Esta "meditación" sobre fondos blancos a modo de tálamo-, sin referencia alguna y delimitados por un horizonte negro y nocturno, culmina con la obra "Diana", cediendo paso a una serie de sombras femeninas dibujadas en el lienzo y recubiertas con parafina. Encima de las ceras se adhieren piedras y barro cocido, resaltando la idea de presencia como propiedad testimonial. La huella dejada en una materia tan dúctil se inscribe, contrariamente, en algo inmutable e imperecedero. El interés por los elementos le llevarán a examinar con detalle la esencia de la pintura decidiendo resolver los cuadros desde dentro, suspendiendo, por ende, los contenidos entre el pensamiento y la mirada.
El modo ritual de Hilario Bravo requeriría unas propiedades especiales de culto, anunciadas en la trilogía producida entre 1990 y 1991, "Mujer atravesada por un río", "Mujer atravesada por un tronco" y "Mujer en la noche", intentado obtener respuestas antropológicas adecuadas y bien reguladas que liberen al individuo, ofreciéndole no sólo la seguridad sino la permanencia. Esta precisión nos dirigirá a una obra más complaciente, con tendencia al silencio ya una mayor abstracción, requiriéndose ya explicaciones psicológicas más vinculadas al deseo y al poder.

Catálogo Galería Arroyazo. Badajoz, noviembre de 1992



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