Mis visitas

domingo, 4 de marzo de 2012

OPVS LVCIS, IV

ÉXTASIS DE LA PINTURA
Miguel Logroño


Duo ordines. 1996
35 x 34 cm
Acrílico, papel y collage s/ tela

Creo en una dimensión transcendente del azar. En algún plano donde se hace sensible lo necesario habitará la razón –nada gratuita— por la que, cuando estoy situado ante el enigma de un proyecto pictórico y escultórico –¿debo decir que se trata de este bellísimo proyecto auscultador de luces, y de sombras, que impulsa a Hilario Bravo?—, y la indagación de un argumento principal, pero esquivo a la forma, difícilmente formalizable, venga en mi auxilio, por voz que no es la mía: es la de Cioran, una primaria indicación del gran tema que subyace en lo representado. “Oigo el tiempo”, manifiesta Cioran. –“El libro de las quimeras”—. Y prosigue: “Me deslizo por el rumor de su transcurso, agosto retrospectivamente la percepción interior del tiempo, dondequiera que sea, en lo infinito del recuerdo, y el silencio me saca de los instantes. ¿Se lamenta el ser por ese vacío? La religión empieza en este silencio. Pero nosotros únicamente podemos percibir la Historia, vibración del tiempo”.
Leo lo sagrado, en el término de lo religioso –lo sagrado empieza en este silencio—, y casi podría afirmar que lo escrito por el gran pensador rumano inspira de un modo natural, aunque de hecho no haya sucedido así -¿o sí ha sucedido? ; creo en una proyección transcendente del azar-, a lo expresado por el gran pintor extremeño. Y a la inversa, porque lo que inspira puede entenderse como correlato, como constatación de elementos de un discurso que se comparte por encima del tiempo, que comulga con valores (de)mostrativos digamos permanentes. He de señalar, para dejar las cosas en su sitio, que en el referido libro Cioran habla en el ámbito de la música, pero sólo como pretexto para liberar apremiantes cuestiones que van ahondando la percepción de la Historia. ¿De la vida? Cuestiones, entre tantas, que también atañen a la pintura. Quién sabe si por coincidencia – no, por casualidad, no; jamás por azar, ya que estamos donde estamos, traigo de esa a esta parte, la igualdad del sentimiento, lo que leo a propósito de Zurbarán: “…me agradan los ojos que no miran al suelo, las miradas dirigidas a lo alto. Cuando pienso en el retrato de San Francisco de Asís, de Zurbarán, empiezo a entender por qué la luz interior ciega y vuelve al ojo insensible a la luz exterior. Efectivamente, ¿para qué mirar fuera cuando el espectáculo interior es un tumulto y una delicia divina?”.
Catacumba. 1996
35 x 49 x 17 cm
Madera y chapa

Dicho lo último, porque lo quería decir –“Ver es cerrar los ojos”, resume un artista más reciente, Wols—, no sé por qué me parece que la actitud de Hilario Bravo en la suite de obras que ha concebido o proyectado, no va del todo por ese camino. No diré que lo sortea, cuando su experiencia trata de introducirse por un tema capital de la pintura –de toda la pintura, y de la suya en primer término-, como es el de la luz y la visión, pero no va de una manera confesional, ¿ideológica? Va, o abraza el concepto –el sentimiento— franciscano, zurbaraniano, en lo que tendría no de religioso, sino de inmanencia, lo sacral como interiorización y como emanación, como ascética y desde luego como mística de todos los seres y de todas las situaciones que están en el tiempo, que prefiguran lo real, plano en el que aparece la Historia laica de cuanto ha sucedido y sucede, que, por la vibración del tiempo, se erige en una metafísica, en algo que trasciende, que revela el sentido íntimo de lo que es en torno a nosotros, y el artista y su obra en ese tránsito. También por este ¿segundo camino? va Hilario Bravo, abrazado a una causa perceptiva: encontrar las cosas en el territorio adecuado, para acceder a su revelación.
Sancta Lucia, mitela. 1996
34 x 34 cm
Collage sobre tela

Oigo el tiempo: lo escucho y lo palpo. El tiempo es una calidad sonora, incluso cuando no suena, o cuando lo hace en un nivel nunca opuesto, el del silencio. Cuando resuena. Oigo el silencio del tiempo. Y si escucho esa propiedad, puede decir lo mismo de una medida indesligable: el espacio. Siento el espacio: lo escucho también, oigo el espacio, por la misma inseparable vía que me brinda la noción de que el tiempo se oye. Tiempo y espacio: ¿se prejuzgarán una idéntica dimensión, al fin? No me arriesgaría a decir que no. Lo temporal y lo espacial me suenan –lo oigo— como vectores que hacen una condición de la Historia: la durabilidad. El tiempo esta facultad en tanto que prosigue. Y lo mismo se dirá del espacio. El tiempo y el espacio perduran.
La poética del espacio, me atrevo a plantear un objetivo esencial en el proceso expresivo constante de Hilario Bravo, y, obviamente, en el que da sentido a esta exposición. Para ello he debido de hurtarle el título d uno de sus libros fundamentales, “La poétique de l’espace”, a un filósofo esclarecedor: Gaston Bachelard. Ofendería al rico pensamiento de Bachelard si intentase extraer en partes lo que constituye un contenido y un discurso redondos –la fenomenología de lo redondo- y no invitase a la demorada lectura de la totalidad del trabajo. Pero, desde el respeto al autor y a su, voy a destacar un tembloroso, brillante espacio de esa poética del espacio: ese en el que se habla de “La inmensidad íntima”.
Dolus, III. 1996
56 x 56 cm
Acrílico y papel sobre tela

“La inmensidad está en nosotros…”, escribe Bachelard en algún momento. Y prontamente, al lado: “En el alma distendida que medita y que sueña, una inmensidad parece esperar a las imágenes de la inmensidad. El espíritu ve y revé objetos. El alma encuentra en un objeto el nido de su inmensidad. Tendremos varias pruebas de ello si seguimos los sueños que se abren, en el alma de Baudelaire, bajo el signo único de la palabra vasto. Vasto es una de las palabras más buadelerianas. La palabra que, para el poeta, señala más naturalmente la infinitud del espacio íntimo”. Otro poeta, el español Vicente Aleixandre, nos dará una equivalente referencia en su obra “En un vasto dominio”. Adviértase una resonante –oigo el espacio- adjetivación de la grandeza: lo vasto, lo inmenso, lo infinito: un espacio poético que nos comprende, que nos abarca, según el flujo interiorizador y exteriorizador de cualquiera de nosotros. Somos, en alguna medida, un infinito poético; así pues, somos alguna medida de lo infinito.

Estas apreciaciones de la obra luminosa de Hilario Bravo se me revelan un atardecer –tiempo sagrado- en las llamadas últimas luces, acaso las primera, de su estudio entre dos luces de Cáceres. Pienso que este como iniciático, litúrgico itinerario de imágenes, de signos, de arquitecturas como la inmensidad, de cruces, de dólmenes, traslación a la pintura y a los volúmenes de esta naturaleza pensante que somos, esta memoria, este lo de dentro y lo de fuera –Bachelard—, este trayecto o túnel hacia la claridad o hacia la sombra, este ver lo ¿invisible?, lo cerrado, lo hermético, esta agonía, esta respiración, duda, incertidumbre, angustia, segura precariedad que somos, evidencia nuestra sin medida. Somos, en este microespacio que nos transporta, metáfora de la geometría, la manifestación de infinitud, de inmensidad que nos da forma, en una íntima consideración de espacio, en un instante de tiempo.
Ara inter retia II. 1996
37x29 x15 cm
Madera y acrílico

Busco el tiempo. Quiero averiguar lo que hay detrás, más allá del tiempo como linealidad, como porvenir horizontal en el que todo parece estar inmerso. Busco la luz, lo que ilumina o lo que apaga, la intelección del mundo a través de la del tiempo, porque el mundo debe de ser tiempo, un espacio en el tiempo. Trato de obtener una prueba fiable de la inmaterialidad, de la inmensidad del tiempo y me llega por medio del instante. Cioran dice que “el silencio me saca de los instantes”, pero yo quiero permanecer en ellos, en el instante, y exprimir su intuición, su proyección de lo inmedible, de lo infinito. Denoto, en el silencio de este atardecer, de este ámbito en el tiempo, fuera del tiempo, la intuición del instante, que constituye otra propuesta, en forma de libro –“L’intuition de l’instant”—, de Gaston Bachelard.
Refiriéndose a “Instante poético e instante metafísico”, reflexiona Bachelard: Nos preguntamos si ese pluralismo de acontecimientos contradictorios encerrados en un solo instante es aún el tiempo. ¿Está la materia tiempo comprendida en esa perspectiva vertical que domina el instante poético? Sí, pues las simultaneidades acumuladas son simultaneidades ordenadas. Ellas dan una dimensión al instante puesto que dan un orden interno. Ahora bien, el tiempo no es otra cosa que un orden. Y todo orden es tiempo. El orden de las ambivalencias en el instante es por lo tanto un tiempo.
Es precisamente ese tiempo vertical que el poeta descubre cuando niega el tiempo horizontal, es decir, el devenir de los otros, el devenir de la vida, el devenir del mundo”.
Cursoris lucis. 1996
41x95x23 cm
Hierro y madera

En un instante de aquella tarde entre sombras del estudio cacereño, le dije a Hilario Bravo que, al imaginar un espacio para su obra conforme al actual proyecto artístico en torno a la visión y la luz, tal vez podría obtener una idea de lugar. El lugar de, o el lugar para, es una de las cuestiones más inquietantes de la pintura. Y sugerí que ese lugar, o ese espacio, podría ensancharse en el pensamiento. El pensamiento bóveda, arquitectura, geografía, tiempo, luz. Porque el pensamiento suele ser todas esas magnitudes, y siempre redunda en luz. No en tinieblas: en luz. Tránsito iniciático a lo sagrado que existe en toda idea de lugar; éxtasis de la pintura: encontrarás la luz. Más allá del tiempo, detrás de la inmensidad íntima del instante, se encuentra el espacio de la luz. Y tendremos que subir a ese lugar porque el tiempo poético –luminosa metáfora de Gaston Bachelard-, como el pictórico, la trayectoria del tiempo de la creación es vertical. Y hay que elevarse, a la luz de la pintura, teniendo a ésta como guía.



Catálogo Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura. Mérida, diciembre de1996

No hay comentarios:

Publicar un comentario