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sábado, 17 de marzo de 2012

MITOS, SÍMBOLOS Y MÍSTICA EN LA PINTURA DE HILARIO BRAVO

Manuel Vaz-Romero Nieto

Mujer atravesada por un tronco, 1990
61 x 61 cm
Es la primera vez que me acerco a la grafía inquie­tante de Hilario Bravo.
Sus mitos, símbolos y mística me han sorprendido. Pero, a mi juicio, más que ante una obra "plástica", sólida, esta­mos ante un pensamiento, vía pincel. Más que "pintura", es co­municación por imágenes en es­tado puro. Y esta imagen puede tener mil significados o ninguno. Y la poesía de aquélla viene a ser un método didáctico que intenta explicitar conceptos e ideas, las que se pueden interpretar de mil maneras, pero nunca se sabrá, si no hay previo aviso, cuál es la in­terpretación exacta, porque no existe. Tales premisas las señala Carlo Argan, sobre la obra de Paul Klee, lo que viene como ani­llo al dedo con respecto a la ex­posición de Hilario Bravo en la sala del Colegio de Arquitectos.
Nuestro pintor se acerca al "mito" con enorme curiosidad y hondo respeto. Y blandiendo su estilete, agudo, de artista, se va introduciendo, absorto, en la maraña de su particular "Bosque de Diana". En él ha encontrado el mensaje eterno de lo femeni­no; ha sorprendido a Diana en su baño –ya pintado por Clouet, Carraci, Wateau y Bouchert—; ha conocido lo que significó Mitan­ni en su arte ama1garna de elementos mesopotámicos, egipcios y egeos; se asombró de Nínive, con los dos mil relieves del pala­cio de Senaquerib; visitó a Artemisa, aquella diosa del amor, cuyas sacerdotisas practicaban la prostitución ritual, y se bañó en el Nilo, cabe la sombra de la Esfinge...
Sin salir de este bosque frondoso de Diana, ha mirado, desde la orilla, a ese "río que alimenta el arco iris", y tuvo en la palma de su mano, que no en su paleta, todo cuanto ha significado siem­pre estos tres elementos de la na­turaleza: tierra, agua, fuego. Tie­rra, que pisa estremecido; fuego, que le quema, y agua, que le da paz y ternura. Unos pasos más, Bravo ha visitado a Onfalia, la reina de Lidia; y a una luna, alta y tersa, junto a sus ramos de olivo. Finalmente, quedó atrapa­do con la dulzura y el engaño de cien sirenas, que lo llamarían in­sinuantes y coquetas.
Mujer atravesada por un río, 1990
61 x 61 cm
Pero, esta aventura, llegaría a su "clímax", cuando regurgita esta imagen-pensamiento: "Mu­jeres atravesadas". Atravesadas por un río, por un tronco y por puntos de fuego.
Ante esta hermosa metáfora que él mismo crea, reflexiona sobre la vorágine del sexo, y sobre esa mujer que se da toda sin quedar nada para sí. Hilario, aquí, ha hecho un cálido panegí­rico de la auténtica dimensión de la feminidad, que se pierde en la noche de los tiempos.
La mítica excursión de Hilario se cierra con un campo de "ceni­zas", donde el símbolo se hace críptico y hermético, pero a la vez excitante. Sus ojos, de esteta crítico, han visto cálices, el ruido seco de "tormentas", el temblor del tiempo fugaz, la "escala", frá­gil, que se rompe nada más que pisarla, la copa negra y ese signo + (¿o cruz?). Y puntos, muchos puntos, como pequeñas estrellas que le guían en sus signos cabalísticos.
El artista ha contemplado toda esa espléndida escenografía, con el más exquisito misticismo fran­ciscano, como Giotto y Fra Angélico miraban sus lienzos, con in­finito amor; y hasta con pudor. En esta mística de Hilario Bravo, emerge un arte lleno de sensuali­dad, pero depurada de pensa­mientos bastardos, ya que es po­sible entrever; paradójicamente, una corriente espiritual, inconta­minada, primitiva, podada de cualquier acento de frívola retóri­ca. Misticismo que, por otra parte, no está exento de un vigoroso lirismo, en la leyenda heroica de su mitología personalísi­ma, en la peculiar teología de sus diosas, en la dulce feminidad de sus mujeres, en la magia de sus símbolos, y hasta en la misma textura; pobre, de sus lienzos. Mística y lirismo, en fin, en su palabra directa, en su poética, y en sus imágenes audaces sobre la muerte, la soledad, el amor y la vida.
Mujer atravesada por las aguas, 1990
61 x 61 cm
¿Cómo son los símbolos del pintor? Se ha dicho que este "chamán de la tribu", ha creado y fabulado sus propios iconos. No del todo cierto. Porque en el cua­dro del citado Paul Klee "la últi­ma nieve" (Galería Galatea de Turín), tiemblan, frágiles y bellísimos, los mismos iconos que tie­nen presencia en los de Hilario, como son sus cálices y sus reme­dos de árboles, sus escalas, sus ramas de olivo, sus relojes de arena, sus puntos, etcétera. La misma grafía, aparentemente pueril, es común a ambos pintores. Como es común su asunción del arte, como reflexión ante todo, como un acto mágico con resonancias del mundo infantil, como acumulación de una serie de formas y motivos ingenuos re­elaborados sólidamente con la técnica y los conceptos de artista moderno, que el mencionado Carlo Argan corrobora.
Este era el "suceso" que nos ha contado Hilario Bravo, a través de su cuelga llena de interés, que se puede interpretar de mil ma­neras, desde ópticas muy diferen­tes, pero que yo he preferido se­guir las vías que el mismo pintor me ha marcado: las de la metáfora, de la palabra y la imagen, que ha sacado de su sueño, sobre la noche de la historia, la fábula y el mito.


HOY, Cáceres, 24 de febrero de 1993

Mujer atravesada por puntos de fuego, 1990
61 x 61 cm



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